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Mis experimentos

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La última semana he estado prácticamente encerrado en el hospital. Tuve que ingresar a mi esposa. Afortunadamente nada grave, y es sólo cuestión de tiempo. Ello me ha permitido observar, observar y observar. Y mi tesis de que hay gente que lleva gafas rosas y otra gente que las lleva negras sigue ganando puntos. Hay gente que está en un hospital por cosas malas (la mayoría) y demuestra una actitud ejemplar. Hay gente que está en un hospital por cosas buenas, y en cambio su actitud se deja llevar por el ambiente, y acaba viendo sólo la parte negativa.

Sé que puede resultar poco inteligible lo que os estoy contando, pero espero en las próximas semanas poder explicar mejor lo que he sentido esta semana. Pero todo ello me ha hecho recordar a mi época en Deutsche Bank, y los experimentos que ya entonces realizaba sobre mis teorías. El que explicaré a continuación, queda meridianamente claro.

Tenía dos compañeros bajo mi responsabilidad, Juan y Pere. Juan era súper eficiente pero era muy pesimista y siempre pensaba que las cosas no saldrían bien del todo. Ese tipo de personas que seguro que conocéis que nunca ven nada claro. En cambio Pere era el otro extremo, el motivado del grupo. También hacía bien su trabajo pero tenía un optimismo excesivo que a veces le hacía pensar que todo se podía hacer casi sin esfuerzo. Vamos, el que siempre dice que "esto está chupado".

Pues bien, cuando me cambié de trabajo, como tenía muy buen rollo con ellos decidí comprarles un pequeño regalo. Y ya que las bromas del optimismo y el pesimismo entre nosotros estaban a la orden del día, les gasté una pequeña broma.

A Juan el pesimista le regalé un paquete con la caja de un iPhone, precintada y con un peso dentro, para que no notara el cambiazo, pero sin el teléfono. Éramos buenos compañeros pero tonto y rico no soy.

Y a Pere el optimista le regalé otro paquete. Una caja con una bolsa de pipas.

Juan abrió el paquete y cuando vio el iPhone empezó a sudar. Se desabrocho el nudo de la corbata y el primer botón de la camisa y estaba súper nervioso. El tío no llego ni a desprecintar la caja. Le empezó a temblar la voz y me dijo que no quería un iPhone. Que el viajaba mucho a Francia y seguro que se olvidaría de desactivar el internet y que las facturas le costarían un ojo de la cara, que es muy despistado y se lo dejaría en un bar o que se lo robarían, o que se le caería porque es muy patoso o que en tres días lo tendría rayado.

Yo aún alucino, a mi me regalan un iPhone y estoy más contento que un perro con dos colas.

En cambio Pere abrió el paquete, vio la bolsa de pipas y me dijo: "¡Ostras! ¿Dónde está el loro?"

Obviamente les dije que todo era una broma, no se enfadaron demasiado y les invité a comer un buen chuletón.

 

Escrito por Lluís Soldevila.

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