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Miedo...

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oscuridad En el último post  hablamos de gestionar bien ese recurso escaso del que disponemos, el tiempo, para hacer cosas de manera eficiente. Hoy hablaremos de una de las principales razones por las que NO hacemos cosas, de los bloqueadores más potentes que existen. Las emociones nos sirven para establecer nuestra posición con respecto al entorno y al mismo tiempo que nos impulsan hacia ciertas personas, acciones o ideas también nos alejan de otras. Es decir, una emoción positiva puede ayudarte a conseguir tu objetivo infundiéndote confianza y energía, sin embargo hay otras que te alejan de él. Este es el caso del miedo, una emoción principalmente paralizante que suele ser un elemento protagonista cuando de tomar decisiones se trata. En mis seminarios siempre pregunto por la procedencia del miedo a los asistentes y la infancia suele ser la respuesta a la que recurren con más frecuencia. Sin embargo, esta visión cortoplacista que tenemos de nuestros miedos es errónea ya que el miedo proviene de mucho antes. Esta emoción surgió hace miles de años cuando el hombre vivía en un entorno hostil y le servía como una guía para saber dónde ir, qué comer o a qué animal enfrentarse. Naturalmente es una emoción de alerta que se dispara ante una situación de peligro. Biológicamente provoca ciertas reacciones químicas en nuestro organismo que preparan al cuerpo (y la mente) para enfrentarse y actuar con rapidez y efectividad. El aumento de la presión arterial, de la glucosa en la sangre, del ritmo cardíaco, etc., inyectan más oxígeno y energía a los músculos que se disponen para la huida. Este es el tipo de miedo para el cual estamos diseñados y es corto e intenso. miedoNo obstante, los seres humanos somos un auténtico error de diseño ya que el ritmo de nuestra propia evolución va muy por detrás del que sigue la vida. La historia de la humanidad ha experimentado un cambio rotundo los últimos 100 años y nosotros seguimos circulando con el mismo diseño de hace más de un millón de años atrás. Si has tenido la oportunidad de ir a África o de ver en algún documental una escena de caza podrás entender esta idea. Imagina una manada de cebras en un parque de la sabana africana que, que por sorpresa, sufren el ataque de unas leonas. Figúrate que eres una de las cebras que huye y ves como una de tus compañeras de escapada es atrapada por las leonas. Tu primera reacción será dejar de correr al darte cuenta del fin del peligro. Naturalmente has sentido un miedo que te ha impulsado a huir y has salvado la vida gracias a esa corta e intensa emoción que ahora se disipa cuando ves a las leonas entretenidas con su desafortunada presa. Ahora imagina que, en vez de una cebra, eres uno de los integrantes de un grupo de expedicionarios por la sabana africana que sois atacados por las mismas leonas. El miedo instintivo también te impulsará a correr y emprender la huida, pero ¿qué harías si uno de tus compañeros es atrapado? Lo más seguro es que siguieras corriendo hasta que tus piernas no dieran más de sí. A diferencia de la cebra, tu cabeza empezaría a generar una secuencia interminable de preguntas como ¿y si se quedan con hambre?, ¿y si quieren guardar provisiones?, ¿y si vienen más leonas?, etc. que te impulsarían a correr hasta estar tan lejos de las depredadoras que te sintieras a salvo. En esta ocasión tu miedo ha sido mucho más prolongado en el tiempo y también menos intenso. Esta es la gran diferencia entre los animales y nosotros, ellos están diseñados para miedos muy intensos y cortos como el ataque de un león y nosotros vivimos con miedos más tenues pero siempre presentes como el común miedo al futuro, a que nos echen del trabajo, a que nos deje nuestra pareja, etc. Es decir, hemos sustituido ese miedo original que nos ayudó a sobrevivir en la hostilidad de la jungla por otros más propios de la fantasía y que son de larga duración. Del mismo modo podemos contemplar muchas de nuestras experiencias. Es cierto que ya no tememos ser comidos cuando salimos del trabajo y caminamos por la calle pero convivimos con otros miedos igualmente feroces y que obstaculizan tu camino hacia el éxito. Se te ha enseñado a dudar, en una cultura que hace hincapié en cosas como estas: no puedes, está mal, eres demasiado pequeño, demasiado grande, demasiado joven, demasiado viejo, una chica, un chico, no eres de la procedencia adecuada, no tienes títulos, la preparación o la experiencia adecuados. De la duda han salido dos grandes de nuestros temores que se expanden como una epidemia: al rechazo y al fracaso.   La próxima vez que el miedo te paralice, piensa en lo que puedas ganar si sale bien tu proyecto, no en lo que puedas perder si fallas (recuerda que el fracaso no es una opción).   clave   Escrito por: Lluís Soldevila

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