Internet y el consumo de música



Internet lo ha cambiado todo. Ha sido un agente catalizador de la globalización, ha propiciado un aumento de la competitividad en la mayoría de sectores económicos, ha creado un mundo más transparente (a pesar de las fake news, la abundancia de contenidos, y el control que tienen las plataformas tecnológicas sobre internet) con más información para la toma de decisiones. Ha permitido construir redes de conexiones, donde cualquiera puede compartir bytes en formatos multimedia, texto, etc… en tiempo real y a escala global. No es el motivo de este artículo hablar de las bondades de internet pero si crear el contexto para analizar cómo ha cambiado el proceso de consumo de música.

Hagamos un viaje al pasado y pensemos en cómo se consumía música hace 20 -25 años. Por entonces el dominio de las discográficas era total. Son dueños de los derechos de autor de los artistas (eso no ha cambiado mucho) y además controlaban todo el proceso: desde la parte creativa y productiva, hasta la comercialización. Era una maquinaria bien engrasada, fácil de ejecutar y dominado por las discográficas. El principal canal de promoción era las radio fórmulas (aún siguen siendo importante). El martilleo de la canción deseada por la discográfica era un constante hasta que te noqueaba por agotamiento y por fin decidías acercarte a una tienda física a comprar. El formato de venta de la música era el disco (luego vino el CD). El disco es un contenedor (aún hay nostálgicos del vinilo) que incluye la canción deseada más otras 8–10 que no habías oído nunca. Además era un formato cerrado cuyo contenido no podías verificar antes de la compra. Los más jóvenes no me creeréis cuando os digo que para escuchar un disco te llevaban a una habitación que disponía la tienda, donde el dependiente hacía de “pinchadiscos” durante un par de minutos. Tiempo a su criterio suficiente para hacerte una idea del resto de contenido del disco. O tiempo máximo para no intuir el resto de canciones. Sea como fuera podéis imaginar que era una experiencia de los más amable, relajada y satisfactoria. Luego llegabas a casa y cruzabas los dedos para que el resto del disco estuviese a la altura. Raras veces pasaba. De ahí el término peyorativo de cara B (para escuchar todo un disco había que darle la vuelta) donde suelen estar grabadas las canciones menos buenas (hay excepciones). También recuerdo cuando aterrizó la cadena francesa Fnac en España. En su momento fue un concepto revolucionario donde comprar cultura era una gran experiencia. En el Fnac utilicé las primeras torres con auriculares para escuchar música a tu aire sin la presión del vendedor. Un soplo de libertad. Antes de Internet, la asimetría de información era total y el dominio de las discográficas apabullante. Ellos teledirigían la demanda a placer.



Internet y la digitalización transformó la industria de la música. Aparece un nuevo formato de encapsulamiento de la información: pasamos del disco físico a un conjunto de bits que codifican información en forma de ficheros, en nuestro caso de música. A esto hay que unirle la creación de redes que permiten la comunicación total (hablar, compartir, conectar, etc). Ahora podemos transportar información de cualquier tipo a través de estas redes de forma simple, rápida y gratis. Esto supuso una tormenta perfecta para mucho sectores. En el caso de la música, la distribución masiva de música por redes descentralizadas y fuera del control de las discográficas. Después de muchos años de pagar el precio que las discográficas decidían por un producto que apenas sabías lo que contenía, se pasó a un escenario totalmente contrario: la anarquía, donde el contenido se distribuye por las redes de formas inmediata, gratis y conveniente. Una especie de “barra libre” que ha creado un entorno de abundancia de contenidos que ha comportado su banalización y devaluación. Son las épocas de los P2P como Napster que hoy han mutado en los torrents. La industria de la música entró en crisis de la que todavía no se ha recuperado. Desde el punto de vista del usuario y siendo cortoplacista (la anarquía no suele ser sostenible ya que elimina los incentivos a la creación) el escenario es ideal: toda la música que quieras, gratis. A esto le unimos el lanzamiento del iPod y los mp3, y la transformación del consumo de música es total.



Han tenido que pasar unos cuantos años hasta que la situación parece tender a un equilibro, donde los los usuarios están dispuestos a pagar de alguna forma por la música (dinero o publicidad) y las discográficas obtienen un retorno por sus inversiones en autores, producción y promoción. De la mano del cloud computing, el aumento del ancho de banda de las conexiones a internet, el descenso de su precio y del almacenamiento en la nube, y la aparición de los dispositivos móviles, nace el streaming como nueva forma de consumo. Ahora mismo tenemos a nuestro alcance millones de canciones a un sólo click a cambio de un poco de publicidad o un precio irrisorio mensual. No más discos con sorpresa. No más tiendas, dependientes, hardware dedicado,etc. No más videotecas que ocupan medio salón. Todo lo que quieras disponible donde quieras y cuando quieras. Desde el punto de vista del usuario es la carta a los Reyes.



De todas formas, está por ver si el streaming es un negocio sostenible. Spotify el principal protagonista de este negocio, a pesar de ser un gran producto con más de 140 Mio de usuarios (de los cuáles 50 Mio son de pago) todavía no ha ganado dinero ningún año. Y ya son más de 8.



Otros competidores como Soundcloud acaba de anunciar el despido del 40% de su plantilla y sigue sin tener claro su modelo de ingresos. A Pandora o Tidal tampoco les va mucho mejor. Los únicos que no tienen la presión de obtener resultados financieros son las grandes plataformas como Apple, Amazon o Google cuyos servicios de música son uno más dentro de su plataformas y su peso específico en la cuentas de resultados es mínimo. Se pueden permitir el lujo de perder dinero durante mucho tiempo a cambio de mantener a los usuarios en sus ecosistemas. Siendo el streaming un servicio muy conveniente para los usuarios queda la duda si es sostenible financieramente.

Ahora ya no compramos música sino que pagamos por escucharla. Ya no ocupa espacio en nuestras librerías sino que está almacenada en alguna granja de servidores en algún lugar del planeta que desconocemos. Un cambio de modelo mental y de negocios muy profundo que ha podido ejecutarse gracias a las tecnologías digitales y computacionales. Un modelo que ha empoderado a los usuarios, pero en el que las discográficas como propietarias de los derechos siguen capturando gran parte del margen. Y en medio, los servicios de streaming luchando por ser rentables. Se han roto muchas de las restricciones anteriores pero se han creado nuevas.















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