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Tres factores de “Actitud frente al Riesgo” de la organización y de los individuos.

Actitud frente al Riesgo

En este blog uno de nuestros temas “estrella” siempre ha sido la Gestión del Riesgo en proyectos… Hemos hablado de qué es el riesgo, cómo gestionarlo activamente, cómo hacer un seguimiento, establecer márgenes de contingencia por si se materializan, etc.

En algún momento hemos comentado también la fuerte relación que existe entre “riesgo” o “incertidumbre” y nuestro propio sesgo psicológico: eventos que nos pasaron, los tendemos a ver como altamente probables, y a la inversa. Eso también se aplica al propio “apetito de riesgo”: ¿somos más propensos a aceptar el riesgo y ‘tirar hacia adelante’? o… ¿más bien optamos por caminos más conservadores, y probablemente con menor premio…?

Me gustaría reflexionar sobre ello en este post, comentando el término “actitud frente al riesgo”. Este concepto se acuñó en primer lugar en el campo de la biología pero con el tiempo se ha ido aplicando al ser humano y todas las actividades que realizan los seres humanos, como son las organizaciones.  En su formulación más simple, la que se aplicó al comienzo de los estudios del comportamiento de los animales, es que la actitud frente al riesgo es de “luchar o huir”. Ya se conoce con detalle el proceso desde el punto de vista hormonal y también es conocido que, en los seres humanos, esta dicotomía puede gestionarse por procesos cognitivos, es decir, que el ser humano mediante el pensamiento ha conseguido modificar esta respuesta.

Desde el punto de vista general, se trata de obtener un equilibrio entre el riesgo que identificas como necesario para obtener un resultado y la medida del riesgo que eres capaz de asumir para conseguir ese resultado. Todos conocemos casos de medidas arriesgadas que tomamos para obtener un resultado concreto, por ejemplo, la elección de comida, de amigos, de pareja, de carrera académica, etc.

Para las organizaciones, el concepto es el mismo, la madurez de las organizaciones se mide como un equilibrio entre su capacidad de llevar a cabo proyectos y su madurez para asumir los riesgos inherentes a dichos proyectos. En el lenguaje corporativo, se trata de jugar al equilibrio entre los riesgos de las dimensiones estratégica (la asimilación de riesgos), la operacional (el ejercicio de control de las operaciones) y la táctica (el equilibrio final de la organización).

Las actitudes frente al riesgo de la organización y de los interesados pueden verse afectadas por una serie de factores. Dichos factores se resumen en tres categorías:

 

  1. Apetito de riesgo, que es el grado de incertidumbre que una entidad está dispuesta a aceptar, con miras a una recompensa.
  2. Tolerancia al riesgo, que es el grado, cantidad o volumen de riesgo que podrá resistir una organización o individuo.
  3. Umbral de riesgo, que se refiere a la medida del nivel de incertidumbre o el nivel de impacto en el que un interesado pueda tener particular interés. Por debajo de ese umbral de riesgo, la organización aceptará el riesgo. Por encima de ese umbral de riesgo, la organización no tolerará el riesgo.

Tanto el apetito por el riesgo como la tolerancia al riesgo están indisolublemente ligadas al desempeño de la organización en el tiempo. Es evidente que se ha de poder aceptar riesgo para el éxito de la organización, pero ha de tenerse en cuenta la tolerancia de la organización para saber si es posible asumir el riesgo. Con el fin de parametrizar o de accionar los resortes de la organización lo que hay que preguntarse es qué es o a qué se parece el desempeño exitoso, el gran objetivo de la organización.

La tolerancia (al riesgo) puede expresarse en términos absolutos, por ejemplo, “no expondremos más del 15% de nuestro capital a pérdidas en la línea de negocio de Inmobiliaria” o “no trataremos con algunos tipos de clientes”. Sin embargo el apetito (al riesgo) en principio no se define así, sino como las políticas que definen lo que la organización quiere hacer y cómo lo implementa.

Así, podríamos afirmar que es parte de las responsabilidades de un Project Manager asegurar que el ejercicio de la gestión de riesgos es coherente con el apetito, que estaría incluido en la frontera de lo tolerable por la organización.

 

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